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Diego Benlliure
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sábado 7 de marzo de 2009

ghost of a ghost

Siempre me ha gustado hacer versiones de canciones que me emocionan. Me rindo ante la urgencia de apropiarme de ellas. Justifico este acto con falsa humildad argumentando que aprendo cosas, pero es mentira: la realidad es que necesito robarme esa música y hacer de ella una piel en la que voy a introducir mis propias entrañas, mis jugos, vísceras y humores. Si esa música que exudan estas canciones tiene algún valor no me toca decirlo.
¿por qué ahora Ghosts?
¿tiene algún sentido contarlo?
No lo sé. Sólo sé que al volver a la Ciudad de México me encontré otra vez que el que era no funcionaba y había que desmontarlo, tirar lo inservible y reinventar lo reinventable, y al tener las tripas expuestas por la cornada autoinflingida en tan tremenda lidia, mis fantasmas pasaron a saludarme. Todos y cada uno.
A algunos los abracé, a otros me diernon ganas de despellejarlos. Muchos me abochornaron.
Supongo que los libros de autoayuda sugerirían hacer las paces con ellos.
Que se jodan.
De todas maneras algunos volverán y por lo menos recordaré sus caras porque usan mis mismas gafas.
La confusión me hizo fantasear con revivir una banda muerta y matar un proyecto que estará vivo en tanto que vivo yo, pero lo que está muerto es de los gusanos y a lo que está vivo no le queda más remedio que vivir aunque sea como fantasma.

Por formalidad anoto aquí que la versión original es de Japan y se encuentra en el disco Tin Drum.

Ghosts - Exocet

sábado 14 de febrero de 2009

restauración...

He restaurado el enlace del post sobre Laurie Anderson y en el camino me encontré que ya está en youtube casi todo el Home of the Brave en muy buena resolución.

armazones

El armazón de mis lentes
es negro por fuera
y blanco por dentro,

en ese blanco se reflejan
los destellos que me recuerdan
que el mundo está afuera

y que mi piel
no por agrietada es menos frontera,
la infranqueable frontera

que aunque sangre y se rompa
me aloja, delimita, contiene.
Yo estoy aquí adentro.

Es la prueba de que
estamos cerca,
pero jamás juntos.

lunes 28 de enero de 2008

Feminidad otra vez. Laurie Anderson

Después de graduarse en historia del arte y posgraduarse en escultura, Laurie Anderson (n.1947) se volvió famosa en los años 80 en el terreno de la música. A eso de los 37 añitos.
El extracto de abajo es de un concierto titulado "Home of the brave" (1986) que desgraciadamente es inencontrable, y que tuve la fortuna de ver hasta la saciedad hace unos años.
Una de las cosas que me embelezan de Laurie Anderson es que se nota que su música proviene de una formación plástica no-musical: la composición se concibe de una manera casi espacial en la que los sonidos son bloques que se ensamblan, planos que se sobreponen con criterios poco usuales que recuerdan un poco a Kraftwerk por lo severo de la electrónica. La música es una especie de lienzo sobre el que despliega deliciosas ironías sobre la vida contemporánea, sus puestas en escena son conmovedoras en su tremenda austeridad (no quiero usar el término minimalismo porque me recaga, se lo dejamos a los decoradores de interiores).
Todo esto sumado a esa visión del mundo tan indescriptible y a la vez fascinante que es la feminidad.
Es frívolo decir que es pionera en el uso de la electrónica y el "performance" en el ámbito de la música pop, pero es verdad. Los que la conocemos le debemos mucho, y si otros tantos conocieran su obra quizá nos evitaríamos algunos de los esperpentos preteciosos que vemos hoy en día.

jueves 27 de diciembre de 2007

de exocet

Inaugurando el ciber-diario de exocet en internet. Todas las canciones.
Aquí.

miércoles 26 de diciembre de 2007

Los remedios del Doctor Bach

He puesto manos a la obra para recuperar mi identidad como músico o por lo menos como alguien que aspira a hacerlo, y he empezado por hacer un tema nuevo, un remix y una versión. Todas para olvidar, pero así es esto de recuperar la forma.
Lo que de verdad me ha hecho sentir bien ha sido recuperar unos minutos cada día para el piano, y qué mejor que Bach para reconectar las neuronas. No soy pianista y nunca he aspirado a serlo, pero si uno quiere dedicarse a esto de la música ha de encararse con un instrumento. El mío resultó ser el piano, y tocar a Bach es lo que hace al principiante sentir que hace música y no ejercicios para tarugos. Así que he retomado algunos preludios fáciles.
Lo que no me esperaba es que el ejercicio intelectual, además del motriz, me resultara tan terapéutico en estos momentos en que la ansiedad producida por el inminente abandono de Barcelona para regresar a México me tiene colgado de las paredes.
Músicos muy serios y estudiosos afirman que toda la música occidental está contenida en Bach, que todos los acordes y enlaces posibles se encuentran en algún momento de su obra.
Quizá lo que haya traído el siglo veinte es la redefinición funcional de esos acordes y enlaces. El Blues, por ejemplo, ha hecho que los acordes mayores de séptima menor dejen de sonar exclusivamente a dominante y puedan funcionar como centros tonales... pero me estoy liando.
Al final lo único que pretendía, era sugerir a aquellos que contaran con la fortuna de tener un piano cerca y vagas nociones de solfeo, un remedio bachiano contra el stress. No tiene contraindicaciones ni sobredosis, sólo requiere un poco de empecinamiento.

domingo 18 de noviembre de 2007

Al borde del precipicio


Así que esta es la manera como se abandona la música.
Como el final de la infancia: es imposible precisar cuándo jugué con mis playmobil por última vez.
La última vez que pasé por un lapso de tiempo sin actividad musical, en el que no hubiera una clase que dar o recibir, un ensayo, un concierto, un proyecto en marcha, un encargo, un texto que escribir, fue hace dieciocho años.
Desde el verano se acabaron las clases en la báscula, formalicé mi abandono al grupo que llevaba meses de abandonarse a sí mismo, no ha habido música porque los últimos concierto de nómhadas fueron cualquier cosa menos eso, además he tenido el estudio desmontado: Con la cabeza puesta en dejar Barcelona me he dedicado a ser gente normal, es decir, a trabajar ocho horas diarias o más en algo que no me interesa y que me resulta absolutamente indiferente con la sola motivación de llegar a fin de mes. Los fines de semana en calidad de bulto, autómata televisivo.
El paso que sigue es comprarme un perro y pretender que me gusta el golf. Paliar la pulsión musical convirtiéndome en crítico de rock, de esos con camisetas ingeniosas y peinado ocurrente. Lo malo es que tendría que aprender a encadenar adjetivos con palabros rimbombantes, habilidad necesaria para el supremo arte de no decir nada y parecer muy interesante.
O quizá me convierta en uno de esos managers que escaldan grupillos incautos que se dejan menospreciar con tal de mandarlos de vez en cuando a un escenario a setecientos kilómetros de casa. Pero la cocaína no me gusta, me pone paranoide y me daría por estafarlos.
Lo veo. El borde del precipicio.
Media vuelta.