lunes, 28 de mayo de 2007

179-2



Por ahí me he topado con un meme que circula por ahí; y como arribista, gorrón y encajoso que soy, no he podido resistirme a la curiosidad de involucrarme.

Se trata de transcribir el segundo párrafo de la página 179 del libro que estoy leyendo, así que ahí les va:

"Cuando ella miró a Pauline, se sobresaltó. ¡No era Pauline! Incluso con aquella ropa tan sombría parecía otra persona, más joven, como si de pronto se hubiera quitado de encima una pesada carga. No era su cara, ni su boca, ni su frente lo que había cambiado. Todo el cambio venía de la secreta alegría que animaba sus ojos negros. Algo desconocido para todos le producía una infinita alegría interior."

Maria Dermoût, Las diez mil cosas

La página 179 de otro libro que leo, curiosamente es la última de la novela aún no publicada de mi amigo Juan Pablo; con lo cual se me haría una auténtica putada transcribir el párrafo final.

Lo que voy a hacer es incluir en este ejercicio la canción No. 179 de la biblioteca del itunes, y la segunda canción que me recete Calypso (en riguroso orden aleatorio) a partir de éste momento.





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martes, 22 de mayo de 2007

Música para caballos



Es una cosa corriente en este negocio tener que explicar la música que haces; parece muy normal y lógico, pero hasta que lo intentas te das cuenta de lo absurdo que es, sobre todo cuando la filosofía de lo que haces implica pasarte por el forro las convenciones descriptivas y olvidarte de géneros, modas y tendencias.
Me suele generar situaciones grotescas y embarazosas en las que irremediablemente quedo bastante mal.
"... pueees es cooomo" pfffff, es espantoso.
Llevo mucha tinta y muchas horas de reflexión desperdiciadas tratando de definir de qué se trata exocet mas allá de ser un diario y todo eso que cuento para evitar decir demasiado. Esta vez lo intentaré de otra forma, a ver si ahora llego a algo.

En esencia hay dos caminos que se complementan:
El uno emana de la música que he escuchado toda mi vida: canciones en formato pop. Entiéndase por pop aquello que abarca desde standards de jazz hasta the clash. Es decir la forma canción, con sus estrofas, estribillos y contrastes.
La canción es común a casi todas las personas del planeta; es algo que nos enlaza, algo en lo que, pese al protagonismo de la voz, la lengua pasa a un segundo plano.
Es un vehículo universal. Podemos disfrutar de canciones en swahili, en bretón o en purépecha aunque no entendamos ni una palabra de lo que nos cuentan: la música es tan poderosa que nos basta para inventarnos nuestra propia historia.

El otro tiene que ver con lo personal, con la necesidad de encontrar y expresar una identidad musical propia, no exenta de influencias, pero a fin de cuentas algo que pueda llamar mío. Con el cómo hacer que las canciones reflejen mi vida, mi intimidad, mi paso efímero por éste planeta.

¿cómo se manifiesta esto en la música?
Aquí me detengo en un par de cosas:
Por un lado se trata de lograr que la armonía tenga colores y matices varios. No busco complicación o complejidad, pero sí que los acordes detonen la atmósfera sobre la cual va a nadar la canción.
Esta fase de trabajo usualmente la hago al piano, antes de meterme a programar nada. Posiblemente la pista de piano luego será descartada y las voces del acorde redistribuidas para dar sutileza al movimiento armónico.

La segunda cosa a la que presto especial atención es al sonido, que es como la piel de la canción; y aquí me gusta contrastar timbres conocidos para el oído como pianos, guitarras, etcétera, con atmósferas construidas especialmente para cada tema ya sea por síntesis, sampleos u otras técnicas.
Me gustan las fuentes poco habituales, me gusta cómo ineractúa un sonido sobre otro, como el ruido se convierte en música y viceversa. Me gusta esa frontera y me divierto excitándola.
Cada canción representa un momento único, y por lo tanto debe tener un sonido especial.
Este recorrido me lleva cada vez más lejos del gusto de la gente, pero me acerca a la ilusión de mi sonido; que es la razón fundamental del trabajo.
Quién sabe por qué, pura necedad.

El último aspecto por el que se me cuestiona a menudo es el idioma, ¿porqué siendo mexicano escribo en inglés?
Esta pregunta me ha quitado el sueño, me ha hecho sufrir bastante y ha tenido varias respuestas, insatisfactorias todas.
La mas honesta creo que es ésta:

Cuando empiezo a trabajar sobre la voz de una canción el 99% de las veces no he escrito ni una palabra de la letra, y lo que hago es probar melodías contra la música tratando de conectar con la parte más intuitiva e irracional de mi cerebro, porque soy consciente de que la voz es lo más expresivo que va a haber en la canción y me interesa que tenga una carga emocional.
En ésta búsqueda de la melodía las palabras vienen automáticamente en inglés; supongo que porque casi toda la música que me gusta está en aquella lengua para hablar a los caballos, y porque me es más fácil fluir así, sin tener que preocuparme por racionalizar.
Usualmente este proceso de palabras o frases que surgen de manera semi-consciente me termina por sugerir las ideas básicas de la letra, y las veces que me he detenido a traducir el fracaso ha sido estrepitoso: la sonoridad no me convence y las palabras quedan demasiado ajustadas. Supongo que eso es una señal de que soy bastante malo escribiendo, y debe ser verdad porque tampoco me preocupa. Siempre he visto la voz (si se me permite) como un instrumento más. Para las palabras prefiero los libros.

No me interesa demasiado lo que dicen los cantantes. La mayor parte de las veces me decepcionan cuando les presto atención.
Las letras de mis canciones han de resultar ininteligibles al escucha. Siempre hablan de intimidades, de cosas que me duelen, de inseguridad y miedo, pero con códigos que quizá sólo yo entiendo. Otra vez tampoco me importa. Lo único que procuro es decir la verdad, o no mentir, que no es lo mismo.

Tampoco quedó muy claro.

Al final va a ser mejor contar que cada semana recibo una llamada anónima con una voz sensualísima que me tararea las canciones al oído; o que me vienen en sueños lúcidos mientras vuelo sobre el lago Tangañica (ésto le encantaría a ciertos personajes que conozco que se las dan de místicos); o que son las canciones perdidas de Milli Vanilli...
Si todo es mentira ¿por qué no decir que es música para caballos?

viernes, 4 de mayo de 2007

Unicidad: Nick Drake


No cabe duda de que la guitarra acústica ("clásica" o "española") es un instrumento portentoso: es portátil, ligera, capaz de construir acordes complejos, permite hacer contrapuntos melódicos, y tiene un timbre rico en armónicos. La potencia sonora que emite envuelve muy bien a la voz humana sin competir con ella. Es quizá el instrumento más versátil.
No es de extrañarse que haya sido usada para acompañar las desdichas de multitud de almas en pena, dando lugar a eso que horriblemente llaman "la bohemia" (un misterio clasemediero más)
Cuando yo era niño, en los setentas, el mundo estaba plagado de "trovadores": músicos que se sentían profundísimos poetas, que se concebían a sí mismos como guerrilleros que empuñaban sus guitarras como fusiles en la batalla por la libertad.
De cuba nos llegó Silvio Rodríguez, de Chile Víctor Jara. En México teníamos a Oscar Chávez y en España a Paco Ibáñez. Por mencionar a los que viví más de cerca.
A todos presento mis respetos. No me voy a meter con su calidad musical, ni con sus posturas ideológicas: cada quién hace lo que puede con lo que tiene.
Lo que sí voy a contar es mi experiencia personal.
Resulta que fui a dar a una escuela de "izquierdas", mis compañeros eran hijos de intelectuales reputados, mis profesores combativos militantes, y claro el "soundtrack" era básicamente Silvio Rodríguez con sus lamentaciones y su perdido unicornio azul (según recientes descubrimientos parece que se lo robó mi pequeño pony).
Qué pesadilla.
A los doce años los niños varones estamos en la indefinición total. Algunos ya son adolescentes, otros siguen siendo niños y la mayoría ni lo uno ni lo otro. Yo era de los que todavía eran niños: era el más bajito de la clase y, junto con Inti, mi hermano del alma, constantes blancos del abuso de los mayores de todas las generaciones que había por encima. El primer año de secundaria fue horroroso. Esto ha hecho que mi fobia por la trova, y en especial por Silvio Rodríguez, sea más profunda que un simple disgusto musical: es una fobia en toda regla, se me descompone el cuerpo, me mareo y me dan náuseas. No exagero.
Por eso, cuando escuché por primera vez música basada en sintetizadores me fui de cabeza.
Me ha costado mucho superar el trauma, y aunque la "trova" sigue haciéndome huir, la idea de la guitarra y la voz me escuece cada vez menos, y en gran parte gracias a Nick Drake.
Mi hermana Aisha, que es muy melómana, me lo recomendó cuando yo estaba en mi etapa más Sylvianesca, pero no tuve ocasión de escucharlo hasta hace un par de años: estaba en uno de esos momentos en que estás harto de oír siempre lo mismo, pero que a la vez nada nuevo te gusta; además pasaba por una severa crisis de creatividad. En la biblioteca de Sant Pau me topé con el Pink Moon y me lo llevé confiando en el gusto musical de Aisha.
No tenía ni idea de lo que me esperaba, y confieso que los primeros cuatro compases me produjeron un vuelco en el estómago, pero cuando me disponía a sudar frío, me di cuenta de que aquello no estaba tan mal, nada mal... de hecho me atrapó.
La música de Nick Drake no es convencional. Es extremadamente simple, casi mínima. Pero el sortilegio, seguro, está en su voz, y aquí voy a hacer otra disertación, con su permiso.
Creo que en esencia cantar es una impostura, es una lucha entre quienes somos y quienes querríamos ser. Cantar es como desnudarse, es exponer lo que la naturaleza nos ha dado, y a medida que vamos practicando vamos "vistiendo" nuestra voz. Lo he vivido en carne propia, y además es notorio en el 99,99% de los cantantes. Nos protegemos con técnica, tecnología o lo que haga falta. Impostamos, desde Montserrat Caballé hasta Johnny Rotten.
La naturalidad de la voz de Nick Drake me resultó sobrecogedora, y por lo tanto me parece que su música posee la virtud de reconocer su propia individualidad, es la música de alguien que sabe que está sólo en el mundo, y que sabe que es absolutamente inevitable. Cuando un músico alcanza ese nivel de unicidad en tanto que se asume como individuo irrepetible, rompe todos los géneros de un plumazo, automáticamente se sitúa por encima de toda frivolidad.
No me voy a meter con el mito en que se ha convertido porque me parece que es celebrar más su muerte que su vida.
Como muestra, aquí está Road del disco Pink Moon de 1974; y para agradecerle su música he puesto Solid Air, la canción que da nombre al disco que le dedicó su amigo John Martyn en 1973, y la versión de Pink Moon que hice yo en 2004. Quien conozca la original sabrá que es infinitamente mejor que la mía, cada quien hace lo que puede con lo que tiene.
Hacer una versión o "cover" es un ejercicio que procuro hacer una o dos veces al año: además de lo que se aprende, se establece una relación muy interesante con el compositor; sobre todo si la versión no pretende ser una calca sino una reinterpretación del original.
En este caso, mientras la hacía descubrí que parte del encanto es la afinación extraña de la guitarra: cuando metí un muestreo de la canción para procesarlo en el metasynth me encontré con una serie de armónicos que no me esperaba.
No voy a ser tan tonto como para poner aquí las dos versiones, primero porque quedaría como un pelele, y luego porque es una oportunidad de que quien no lo conozca escuche algo más.

ROAD
You can say the sun is shining if you really want to
I can see the moon and it seems so clear
You can take the road that takes you
to the stars now
I can take a road that’ll see me through

martes, 24 de abril de 2007

10 años...


...hace que el ultra se publicó, y fue uno de esos discos que ilusonan, que invitan, que hechizan.
Tiene el efecto catártico del blues o de Pink Floyd.
Encarna mi rabia sin faltarle el repeto a la brisa que sopla ahí afuera, bajo un sol insultante de primavera.
Es una maniobra Heimlich bestial.

1997 fue un año de esos, de destruirse y construirse de nuevo. Y me está ocurriendo otra vez.
Igual pero diferente.
Y hoy, en un día crítico apraece por azar y me abre su regazo.
Hoy que estoy con las articulaciones adoloridas me permito esta licencia. Ustedes disculparán.
O no.

Oh the tears that you weep
For the poor tortured souls
Who fall at your feet
With all their love begging bowls
All the clerks and the tailors
The sharks and the sailors
All good at their trades
But they'll always be failures

¿Comentarios musicales?
sólo uno: por favor noten cómo se expande la armonía en el último compás de la A, justo antes de Love needs it's martyrs...
Se podrían hacer muchos más, pero hoy no toca.


sábado, 21 de abril de 2007

Exo-tismos


A raíz de la lata que últimamente me ha dado Pedro por mi afición a los Beatles, (hemos hecho el plan de destrozar alguno de sus discos en el próximo curso de audio), no dejo de pensar en la soledad de los gustos musicales - ¿a todos les pasará eso?- y me pregunto, por enésima vez, qué los condiciona.
Estoy seguro de que tiene que ver con los momentos íntimos y sensibles que nos van atacando a lo largo de la existencia, con los destellos de luminosidad repentinos de la infancia en los que súbitamente se ordenaba el cosmos, con los momentos de fragilidad o con el origen de clase, con la inteligencia, con el azar.
Aún así son demasiadas variables, y al final nada explica porqué sólo yo entiendo la música como yo, y yo no entiendo cómo te puede gustar x...
Ahora hay empresas que se dedican a hacer analítica sobre los componentes de éxito de las canciones, desarrollan complejos programas para que las discográficas maximicen sus recursos apostando sobre seguro. Afortunadamente fracasarán... si no me voy a sentir aún mas sólo.

El único objeto de estudio que tengo a mano soy yo mismo, y, para empezar, he logrado identificar sensaciones que tienen que ver con las noches en que mi madre me leía aventuras de Sandokan o de Tintin.
Salgari y Hergé tienen en común descripciones muy vívidas de lugares que jamás habían visto, romantizando, si se me permite, los entornos en los que se situaban sus relatos; eso los dota de una potencia particular: tienen una capacidad de estímulo de la imaginación enorme, quizá más fuerte por el hecho de tener que potenciar ellos mismos la suya para hacer creíbles sus historias, o por su propia necesidad de escapar.

Este falso exotismo, esa necesidad de viajar sin salir de la propia cabeza me fue inoculada desde pequeño, y se ha traducido en búsqueda musical. Quizá por eso, salvo un par de excepciones, no soporto el rock en español: me es demasiado real e inmediato, las palabras pesan más que la música, y las palabras de los rockeros rara vez me interesan. La música, en tanto que misterio, se resiste a la comprensión. Por eso soy músico.

Y me han pasado cosas curiosas, por ejemplo: el flamenco me producía una fascinación enorme mientras vivía en México. Su sonoridad, su fuerza, se sumaban a la ilusión de tener unas raíces en otro país que dieran un nuevo sentido a mi vida. Ahora que he pisado su tierra, probado sus sabores, olido sus aromas, ha dejado de interesarme en lo absoluto. Lo aprecio como género y lo disfruto racionalmente, pero para mí ha perdido toda su magia. Ha dejado de ser exótico. Al cobrar sentido en su contexto se ha muerto la fantasía.

Los mundos intangibles a los que me transporta la música son tan reales como la calle horrible y sucia porque son música, y la música es absolutamente real.
Son parte de ella tanto como los instrumentos que la tocan o el páncreas del músico. Son universos posibles, infinitos e individuales, y cada música alberga una colección única para cada espíritu.
La ruta de viaje es, con frecuencia, solitaria. A lo más que podemos aspirar es a colisiones fortuitas, conexiones esporádicas, unas risas aquí, una lagrimilla por allá.
Como digo: tan real como la vida misma.

viernes, 6 de abril de 2007

Pre-MIDI New Wave: Karn, Taylor.




Lo que sucede con el bajo es que muchas veces se le condena a la inmovilidad, se le encadena a la fundamental del acorde y, si acaso, se le permite visitar la quinta o alguna nota de paso.
Es como un adolescente repleto de hormomas al que se obliga a quedarse en casa un sábado por la noche... créanme, yo sé de eso.
Triste destino para semejante instrumento, castración musical lo llamaría yo.

Afortunadamente hay excepciones, por ejemplo Mick Karn y John Taylor.
Estoy entregado a la reescucha de Gary Numan, a ver si logro poner en contexto todo este revival ochentero y terminar de convencerme de que el retro es intrascendente y banal, de que la nostalgia es hermosa en tanto que es intangible, pérdida, reconstrucción engañosa de nuestra mente aburrida por el presente.
En esa afortunada odisea me topé con We take mistery (to bed) y Music for chameleons. Ambas canciones tienen unas líneas de bajo espectaculares y pensé que se trataba de Paul Gardiner, bajista original de Tubeway Army. Cuál sería mi sorpresa cuando, investigando investigando, me encuentro con que el bajista del álbum I, Assassin (1982) de Gary Numan había sido Mick Karn, uno de los culpables de que hoy yo sea un bajista wannabe.

Dentro de la catarata de despropósitos que hay que cometer a la hora de catalogar un momento musical, la "ola" británica de principios de los 80 ha quedado en la memoria como New Wave. Tenía un pie en el punk y otro en la música disco o en el funk, en el reggae o en el glam post-psicodélico, y casi siempre siguiendo la estela de David Bowie o de Roxy Music.
Entre ésta subgentuza difícilmete calificable hay grupos como Japan, Simple Minds, Depeche Mode, Duran Duran, OMD, The Cure, Siouxsie and the Banshees y desde luego Tubeway Army.
Hacia mediados de la década el mercado los había digerido a todos y los grupos sufrían por encontrar algo nuevo que decir. Pocos lo lograron, hay que decirlo... live aid los había vuelto políticamente correctos, los príncipes de Gales daban su venia.
Sin embargo hay un parteaguas técnico que nunca he escuchado mencionar a los críticos y que trataré de descifrar a los profanos:
En diciembre de 1982 se lanzó al mercado el Prophet 600 de la casa Sequential Circuits, el primer sintetizador con MIDI. La revolución tecnológica de la música dió un salto enorme.
Musical Instrument Digital Interface es el protocolo universal que permite hacer cadenas de sintetizadores para sumar sus capacidades, conectarlos a ordenadores para programar a ultra-detalle el más mínimo acontecimiento musical, sincronizar aparatos... hoy en día se usa incluso para muchas aplicaciones no musicales por artistas multimedia.
¿Qué pasó? que la euforia MIDI nos llenó de música de plástico, los secuenciadores pusieron torres de sintetizadores bajo su dictadura y los obligaron a cumplir todas las funciones musicales al servicio de la moda y de la estrella vocal del momento. Así como el video mató a la estrella de radio, el MIDI mató al rock. El triunfo de la máquina. La modernidad de la era digital.
Nació el "synth pop".
La consecuencia lógica fue la vuelta a las cavernas que nos propuso el grunge en aras de la honestidad y la crudeza... afortunadamente ya pasó y parece que las aguas vuelven a su cauce, el MIDI es sólo una herramienta más y las bandas han vuelto a tocar, el rock sigue muerto, pero a nadie nos importa un pimiento.
Pero antes del MIDI, cuando el sintetizador era un instrumento más de una banda, el espectro sonoro requería otros instrumentos: baterías, guitarras y, desde luego bajos. Y en ese ámbito, ésos dos o tres años de New Wave previos al MIDI, sobresalen Mick Karn en Japan y John Taylor en Duran Duran. Sin ellos sus bandas no hubieran sido lo mismo.
Karn es para el New Wave lo que Pastorius es al jazz: libera al bajo eléctrico y lo hace convivir en el primer plano, es casi un solista. Aporta un mundo de color introduciendo escalas poco frecuentes, suma movimiento en la cadena de síncopas de tufillo funk y hace que el todo musical sea una cosa nueva y excitante, completamente distinta a lo que hacían sus coetáneos. Si a ello le sumamos a David Sylvian, Richard Barbieri y Steve Jansen en Japan, a Peter Murphy en Dalis Car, o a Gary Numan tenemos uno de los potajes más sabrosos y más subvaluados de los últimos treinta años.
John Taylor es mas discreto, pero no menos efectivo, quizá más elegante. Duran Duran es de esas bandas que hacen a los intelectuales respingar y que disfrutan en el fondo inconfesable de su corazón. Un aspecto crucial en su sonido es el bajo, sobre todo en los dos primeros discos. Confeso admirador de Bernard Edwards (Chic), John Taylor convierte armonías sencillas en líneas contrapuntísticas sin dejar de ser funcional, son el pegamento que enlaza las melodías de voz con los ritmos funk de la guitarra o sus arpegios, con las sutilezas armónicas de los teclados y desde luego con la batería. Siempre enérgico, pero con sentido de la melodía.
He puesto como ejemplo Lonely in your nightmare por no subir una de las canciones más famosas, pero si faltase ejemplificar con más canciones sugiero la mismísima Rio.
En esta ocasión no me voy a poner a analizar las canciones porque lo que quiero ilustrar se narra a sí mismo, sólo hace falta tener un equipo que reproduzca los graves un poco mejor que las típicas bocinas de las computadoras.
Desde que descubrí cómo poner música en el blog soy mucho más feliz.



Gary Numan, I, assassin (1982)

Japan, tin drum (1981)

Duran Duran, rio (1982)




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sábado, 24 de febrero de 2007

Parla

Hace un par de semanas me encontré fortuitamente el anuncio de que Steve Jansen iba a tocar en Madrid, y al averiguar sobre el evento de que se trataba descubrí que el día anterior se presentaba Hector Zazou. Dos horas más tarde tenía las entradas y el billete de avión listos y había hablado con mi hermano, residente en la ciudad, para que me hiciera un huequito para mi petate.
El festival Interparla 2007 es de esos eventos que justifican haberse venido a vivir tan lejos de casa, y comprobar que hay cosas para las que el "primer mundo" funciona. ¿dónde más iba a ver semejantes conciertos por 3€ cada uno?
Ambos conciertos resultaron ser musicalizaciones en directo sobre películas clásicas, algo que poco a poco se está convirtiendo en un género en sí mismo y que me recuerda a cuando las películas mudas se animaban con un tipo tocando la pianola... pues más o menos igual, pero en el siglo XXI.
Zazou reinterpreta "La Pasión de Juana de Arco" de Carl-Theodor Dreyer (1928) invitándonos a ocupar la cabeza de su protagonista a través del sonido: La materia prima de que se sirve en esta ocasión es exclusivamente cantos de pájaros. De ahí que la musicalización lleve el nombre de "A Bird Symphony".
Se presume que la película se quemó antes de su estreno cuando estaba casi terminada y Dreyer la reconstruyó a base del material que le había sobrado, que son fundamentalmente primeros planos, con lo cual adquiere una intensidad tremenda gracias a la actuación portentosa de Renée Falconetti.
Otra teoría dice que Dreyer reconstruyó la película con tomas alternas al punto en que era casi idéntica a su predecesora. Desafortunadamente la segunda versión también fue destruida por un incendio, aunque más tarde aparecería un negativo intacto que después fue (re)montado por Lo Duca en una versión que sería calificada de inaceptable por las alteraciones y mutilaciones que había inflingido al original.
Finalmente en 1981, en Oslo, alguien encontró perdida en unos armarios una copia de la versión original de 1928.
La película es inmensamente conmovedora y el trabajo de Zazou es, por llamarlo de alguna manera, "enloquecedor" en la medida en que consigue adentrarnos en la mente de Juana de Arco y su diálogo con Dios a base de manipulaciones electrónicas de voces de pájaros.
La manera de relacionarse con la imagen en ningún momento resulta discordante ni produce una sensación de anacronismo por el contrastarse del cine antiguo con la electrónica contemporánea, al contrario, los discursos se enriquecen y potencian recíprocamente y la unidad narrativa se logra, se establece en un plano insospechado y profundo dada la ausencia de palabras (a excepción de algunos intertítulos) y de sonido incidental al que tan acostumbrados estamos.
La música dialoga con la imagen obligándonos a un doble esfuerzo interpretativo: Por un lado, la comprensión de la imagen y su tratamiento moderno (no sé de cine, pero los recursos que he visto en esa película no los he visto en muchas de sus contemporáneas) así como el particular punto de vista sobre la historia que busca honestamente evitar maniqueísmos baratos y tópicos inquisitoriales; y por otro lado el ejercicio de excavación en la mente de Jeanne d'Arc guiado por los alucinantes sonidos que son el lenguaje en el que la heroína se comunica con Dios.
La experiencia es intensa y conmovedora, aderezada con la presencia de Monsieur Zazou y su manipulación in situ del sonido (espléndido 5.1)

Mi segundo día en Madrid se nubló cuando encontré un cartel a la entrada del teatro que ponía algo así como: "Steve Jansen no tocará hoy porque tiene bronquitis", pero como de todas maneras se llevaría a cabo el concierto pues traté de poner buena cara por respeto a los otros dos músicos, a quienes, por cierto, no conocía.
La idea original es de Claudio Chianura, tecladista. Se había presentado con Jansen ésta misma obra en Milán, de la que se editó el CD (Kinoapparatom - Medium, 2001) y ahora se presentarían con Elsenburg en la guitarra.
Al final fue este dueto, actuando sobre la imagen de la película experimental de 1929 "Kinoapparatom" de Dziga Vertov (también conocida como "A man with a movie camera").
Desde el principio Vertov nos advierte que no hay actores o guión, de que su intención es desligar al cine de la literatura o el teatro y explorar el valor que tiene en sí mismo.
La película empieza con una secuencia de gente entrando a un cine y el film que arranca sobre la pantalla. Un retrato de la vida cotidiana en una ciudad rusa que pensé que era Odessa o Moscú: tranvías, bares, actividades deportivas, un accidente, las fábricas, el trabajo, el ocio, la maternidad. Y entre toda la actividad un camarógrafo como protagonista filmándolo todo como una premonición de un mundo hipermediatizado. La cámara en movimiento sobre ruedas, o animada cuadro por cuadro. La cámara que mira y que a su vez es mirada por otra cámara, que al final filma a los espectadores en el cine en un juego de espejos que nos alcanza a través del tiempo. Quizá las butacas del teatro en el que estoy yo sean más cómodas.
La música, improvisaciones sobre temas y atmósferas, acentua los diferentes capítulos del film.
Me recordaba bastante a las piezas instgrumentales del Gone to Earth de David Sylvian. Acordes largos y atmosféricos de guitarra y diseño de sonido detallista. Algunos loops, sampleos de narraciones en ruso. Las imágenes se vuelven nostálgicas y ajenas, se romantizan.
A diferencia del trabajo de Zazou del día anterior, la música de Chianura y Elsenburg es totalmente tonal, o modal si se quiere, pero basada en nociones de escala, armonía y ritmo que nos son familiares, con lo cual resulta mucho más accesible, aunque esto no lo desvirtúa de ninguna manera.
Al final no me hizo falta que viniera Steve Jansen, como no conocía la obra previamente el concierto me resultó plenamente satisfactorio, quizá no tan intenso como el del día anterior, pero esto se puede deber a la naturaleza misma de las obras.
Felicito a la gente del festival Interparla y a los que los financian... porque los veinte gatos que estábamos ahí dentro seguro no alcanzamos a cubrir ni los gastos de catering.